Encontré lo Mejor


He pensado varias veces en cómo vivimos persiguiendo la felicidad. Todos lo hacemos; un hombre sabio una vez dijo que nunca pecaríamos si no pensáramos que eso va a hacer algún bien. Vivimos persiguiendo, nuestras pasiones, deseos, el amor de alguien, la aceptación, las riquezas… pero finalmente es correr tras el viento.

Así viví muchos años, tuve la oportunidad de confiar en Cristo y de creer en Dios y en Su Palabra hace muchos años, pero pensaba que era aburrido, eso no me iba a traer felicidad; me iba a privar de la felicidad, del placer de vivir, de ser exitosa. Así que decidí hacer caso omiso de los que Dios quería decirme y vivir para obtener lo que YO quisiera.

Todo empezó cuando tenía doce años, en la secundaria. Yo pensaba que ser bueno era lo correcto… y trataba con todas mis fuerzas de ser buena, pero me di cuenta de que no podía, y, además, ser buena era aburrido. Todas las niñas a mi alrededor parecían ser muy felices teniendo novios y disfrutando su compañía; bien… si eso me iba a hacer feliz, habría que lograrlo. Pero pasó algo… mi “mejor amiga” me dijo que era muy gorda así que pensé que los chicos no me iban a hacer caso por ser gorda… Si ser flaca me iba a hacer feliz, habría que intentarlo. No podía dejar de comer porque comía con mis hermanos y ellos me veían; la solución: vomitar.

Bien, logré mi cometido, estaba bajando de peso, y como se me ocurrió decirle a algunas personas de mi “problema” tenía mucha atención de los muchachos, pero agradezco que ninguno haya sido mi novio…

Eso fue el principio de la búsqueda, poco a poco dejé de temer a mis padres y a olvidar lo que alguna vez había escuchado acerca de Dios, pero cada vez me acercaba más a la felicidad…. ¿de verdad?  Sí, escuchaba música que me encantaba, a la mayoría de la gente le daría miedo, pero yo la amaba, ella me entendía… Tenía amigos, me vestía como quería, leía lo que me gustaba, y estaba tan feliz y sentía tanta paz que mi ansiedad no me dejaba tranquila, el miedo, la frustración de no poder responder por qué teniendo todo no tenía nada, el frustrarme al saber que si tan sólo pudiera tener un poco más de lo que amaba realmente sería feliz… por años esas preguntas dejaron cicatrices en mis brazos y en mis piernas… Pero pronto todos mis sueños se harían realidad, solo habría que esperar un poco, sufrir un poco, esconder todo, y arriesgar todo por lograrlos. Me casaría con el “amor de mi vida” y viviríamos felices para siempre…

Pero algo sucedió… ¿Por qué alguien estaría dispuesto a abandonar los sueños que por años ha tenido? ¿Por qué alguien abandona a quien ama, a sus amigos y desaparece de la faz de la tierra? ¿Por qué de repente alguien deja de escuchar esa hermosa música de pesadilla?

Sólo hay una respuesta: Esa persona ha encontrado algo mejor, a alguien mejor, un mejor propósito, lo que llena el vacío que nada ni nadie ha podido llenar. Nos queremos engañar pensando que el vacío no está ahí y tratando de llenarlo…. Todos hemos llegado o estamos o estaremos en ese punto….

Eso fue lo que me pasó a mí… Encontré lo mejor de todo, al mejor de todos, y a pesar de lo que había hecho, de todo mi sucio pecado, de mi incredulidad, de mi maldad, me dijo que con amor eterno me había amado y por eso derramó sobre mí cascadas de misericordia; me perdonó.

¡El Dios del universo, quien lo creó todo, me perdonó! Me resistí a creerle, no quería pensar que la paga del pecado fuera muerte, no creía que estuviera condenada al infierno, no quería creer que en mi búsqueda de felicidad estaba sembrando corrupción y que eso segaría además de tristeza, culpa y muerte, no quería pensar que algún día moriría y menos que necesitaba un Salvador.

Pero mi felicidad me había llevado a la perdición; no creía estar condenada, pero me sentía condenada. No quería que nadie me dijera a dónde ir, pero me sentía perdida y atormentada por saber que nada funcionaba y que era una persona horrible, y fue entonces cuando recordé (o Él me recordó) que Jesucristo no había venido para condenar al mundo, sino para que el mundo fuera salvo por Él, que había venido para pagar la deuda que tenía por mi pecado; la clavó en la cruz. Vino a salvarme, a hacerme libre, de la muerte, del infierno, del pecado, y de mí misma. ¡Sí necesitaba un Salvador! Él estuvo dispuesto a morir por mí para que yo no tuviera que pagar lo que yo merecía. A cambio de nada, yo no tenía que hacer nada, a pesar de todo, Él quería darme ese regalo. ¡El creador del Universo, Jesucristo mismo murió por mí! Derramó Su sangre para limpiarme de mis pecados. Y aunque no creía que Dios quisiera perdonarme el me demostró que quería tenerme misericordia.

¿Qué puede ser mejor? ¡NADA! Les prometo que no hay nada mejor en este mundo, podemos buscar en dónde sea, en todos lados y ya lo comprobé. No extraño nada de lo que perdí, eso solo dejó cicatrices y culpa que sólo gracias al amor de Cristo han podido ser superadas, no quiero volver a donde estaba. No hay nada mejor que el saber que tu vida tiene un propósito eterno: Conocer a Dios mismo, conocer su amor por nosotros, disfrutar de sus bendiciones y de su sabiduría, saber que eres perdonado, que tus pecados fueron pagados y que tu Dios resucitó; está vivo. No hay más grande gozo que el saber que Dios me ama, que Él ya hizo todo y que todo lo que pase cooperará para mi bien. No hay más grande gozo que saber que Dios mismo no me abandonará, sino que Él me ayudará en todo y me perfeccionara para Su gloria. No hay más gozo que saber que el Rey de reyes me ha aceptado. No hay paz en nada más que en saber que puedo elevar mis peticiones a Dios y que Él tiene cuidado de mí, y de todo, que Él es más sabio que nadie, y que lo sabe todo. No hay mejor sueño que el que se vuelve realidad y yo sé que mi sueño se hará realidad: Estaré con mi Rey por la eternidad; con el Amor de mi Vida.

Es mi oración que quien lea esto pueda encontrar salvación y el amor de Cristo.

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