Somos el Templo de Dios


Si hemos confiado en Cristo como nuestro Salvador, somos nuevas criaturas y nos hemos convertido en el Templo de Dios. Quizás nos sentimos privilegiado por este hecho, agradecidos; pero no nos ponemos a pensar en lo que esto realmente significa, no recordamos diariamente lo que el versículo entero dice:

¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
1 Corintios 6:19

“¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”
1 Corintios 3:16

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No somos nuestros, somos un templo para el Espíritu Santo, Dios habita en nosotros.  Creo que muchas de nuestras actitudes y áreas de nuestra vida cambiarían bastante si tomáramos esto en cuenta cada día.

Si supiéramos que alguien importante va a ir a cenar a nuestra casa, nos esforzaríamos porque todo estuviera impecable y haríamos nuestro mayor esfuerzo por complacer a nuestro invitado. Si fuera a quedarse por más tiempo, nos sentiríamos realmente halagados y trataríamos de hacer de su estancia la cosa más placentera.

¿Por qué no hacemos eso cada día? ¿Por qué ensuciamos el templo de Dios con envidias, criticas, impaciencia y falta de fe? ¿Por qué en vez de tratar de agradar al huésped tratamos de agradarnos a nosotros mismos con entretenimiento impío y llevando lo que Dios nos ha dado a un extremo malo aun en nuestros pensamientos?

En el Antiguo Testamento se nos dice que una vez al año el sacerdote entraba al Lugar Santísimo para hacer expiación por los pecados del pueblo, pero antes de entrar, hacía un sacrificio por sus propios pecados, ya que si era hallada algún pecado en él, moriría.
Esto era un motivo de gran temor para el sacerdote. Él sabía que Dios era un Dios Santo y que no permitiría ni una pizca de iniquidad en Su templo.

Gracias a Jesucristo y a Su sacrificio nosotros tenemos entrada al Lugar Santísimo, y no tenemos que pagar muriendo por nuestro pecado. Sin embargo, seguimos siendo el templo del Espíritu Santo y Dios lo sigue considerando un lugar que debe ser tan santo como Él:

“Sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir.”
1 Pedro 1:15

El propósito de Dios es que lleguemos a ser como Cristo, y ese debe ser también el nuestro. Debemos anhelar la santidad. Debemos esforzarnos y ser valientes por agradar a Dios. Debemos depender de Él y buscarlo a Él a cada instante para poder vivir en santidad. Pero vivimos en un mundo lleno de cosas que están lejos de ser santas, pero que nuestra carne puede llegar a disfrutar más que la santidad. Y muchas veces pensamos: “Ah, no es tan malo” o, “No hay que ser legalistas” “Ellos también lo hacen”. Pensamos que ver una película para niños en familia es mejor convivencia familiar que sentarse a estudiar un libro de la Biblia o cantar juntos. Vemos películas y adelantamos una escena o dos, para no ver “cosas malas” pero sin ponernos a pensar que casi todo el entretenimiento mundano está lleno de razonamientos que no están de acuerdo con la Palabra de Dios,, al contrario, están llenos de una o varias de las cosas que el Señor aborrece tan sólo basándonos en Proverbios 6 y aun nos hemos acostumbrado a oír a la gente decir el nombre de Dios en vano. Nos ponemos ropa que se parezca lo más posible a lo que está a la moda, pero con un toque de “modestia”, y simplemente queremos acercarnos descarada o sutilmente lo más posible a la línea del mundo, en vez de buscar ser santos; apartados para Dios.

Es triste que la mayoría de nosotros no estemos dispuestos a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo, que no queramos renovar nuestra mente y presentar los miembros de nuestro cuerpo como sacrificio vivo al Señor.

Tenemos que proponernos “como escogidos de Dios Santos y amados revestirnos tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.” No se trata sólo de nuestras acciones, también nuestras actitudes deben ser santas. Y la verdad pienso en lo lejos que estoy de ser santa; hay tanto en mí que desagrada al Señor, y a veces sólo pienso que es demasiado difícil. Pero Él me pide que me esfuerce y que sea valiente, el me escogió a pesar de ser necia, débil, vil y despreciable para que sólo Él tuviera la gloria y es Él quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, es Él quien perfecciona la obra, es Él quien se hace fuerte en nuestra debilidad. Sin Cristo es imposible ser santo, sin fe es imposible agradar a Dios.

Así que “teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1) “Exáminando que es lo que agrada al Señor.” (Efesios 5:10) “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.” (Romanos 12:2). Propongámonos limpiar Su templo.

Elijamos temer al Señor, seguir a Cristo y buscar la santidad.

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