Humildad


“Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.”
Mateo 11:29

“Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”
Filipenses 2:5-8

“Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.”
” Sumisión, rendimiento.”
-Real Academia Española

“Cuando yo lo intento, fracaso; cuando confío, Él triunfa.”
-Corrie Ten Boom

“La mayor prueba de que la santidad que profesamos buscar o lograr es verdad y vida, será si esta produce un aumento de humildad en nosotros. En el hombre, la humildad es necesaria para  permitir que la santidad de Dios habite en él y brille através de él. La marca principal de la falsificación de la santidad es la falta de humildad. El más santo será el más humilde.”
-Andrew Murray

“El que está abajo no tiene porque temer la caída.”
-John Bunyan

Después de pensar en lo dañino y destructivo del orgullo, podemos ver la bendición que hay en la humildad. Sí, la humildad es díficil, creo que en resumen es “negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo.” Se requiere de fe. Se requiere de rendición. Pero creo, que más que nada requiere que conozcamos al mismo Autor de nuestra fe, porque al contemplarlo a Él, Su poder, Su grandeza, Su omnisciencia, Su compasión y todos Sus atributos incontables e incomprensibles, nos damos cuenta de que sólo podemos caer de rodillas ante Su santidad y majestad. Nos damos cuenta de que no somos nada, no merecemos nada. No tenemos derecho a nada.

Pero Cristo, en Su misericordia nos ha ganado todo; justicia, toda bendición, la misericordia del Padre, la comunión con Él, el perdón de nuestros pecados, Su gracia, vida abundante y eterna, paz, y tantísimas cosas más.

Pero a veces nos olvidamos de que “por la gracia de Dios somos lo que somos”. No hay más. Debemos de vivir con la actitud de Cristo, quien siendo Dios mismo decidió humillarse y consideró a todos nosotros, pecadores, más importantes que a sí mismo y murió para salvarnos. Es algo con lo que he luchado, pero creo que es lo que Dios quiere para mí, y por eso oro: que pueda a considerar a todos como más importantes que a mí, que busque los intereses de otros y no los míos, que el Señor me dé la gracia para negarme a mí misma y verlo a Él. Creo que es una lucha para todos, tal vez para mí más que para la mayoría, para unos en mayor grado, no sé, pero todos queremos defender nuestros “derechos”, tener la razón, nos creemos más listos, o simplemente aunque sabemos que no somos mejores que nadie, queremos ser los mejores.

Pero Jesús claramente dijo que hallaríamos descanso para nuestras almas al aprender de Él a ser mansos y humildes de corazón, ¿por qué? Creo que es porque al quitar los ojos de nosotros y decidir humillarnos, damos la gloria a Quién la merece y podemos obedecerle de corazón, para Él, tratando de agradarle a Él y no a los hombres y en eso hay gozo, hay bendición y paz; hay protección. Cuando nos humillamos, confiamos totalmente en el poder y soberanía del Señor para hacer con nosotros como mejor le parezca, y eso es lo mejor.

Sí, es difícil. Mucho. Pero es un mandato: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios…” (1 Pedro 5:6). Y no es imposible, creo que es una decisión. Decidir cada día vivir reconociendo Quién es Dios y quién soy yo, reconociendo lo que Cristo hizo y que debo seguir su ejemplo, quitando los ojos de mis “derechos y deseos” y considerar a los demás como más importantes que yo y, consecuentemente, buscar sus intereses.

Vivir cada día adorando la grandeza y santidad del Señor, agradeciendo por cada oportunidad que nos da para ser como Su Hijo, cada oportunidad para negarnos, y servir a otros. Vivir cada día dependiendo desesperadamente de Él y descansando en Sus promesas. De verdad, hay descanso en eso, que no hay temor a la caída, sino  que sólo esperamos la recompensa del Señor.

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