Hace 59 años y hoy…


Era domingo, el año, 1958. Supongo que el sol de mayo brillaba con fuerza, las montañas amarillas rodeaban la ciudad, y el cielo azul aún se podía mirar… Aunque no él, él no había abierto toda vía sus ojos, solo podía sentir el calor de la primavera, calor que llegó a amar, solo podía sentir unos brazos a su alrededor, no sabía lo que la vida le iba a dar…

Los años pasaron y la soledad se volvió su compañera, aún era un niño, pero a donde volteara nadie había. A veces el hambre lo acompañaba y el temor lo amenazaba… a veces aparecía la mujer a la que mamá llamaba, sin embargo un papá nunca estuvo en casa. El camino lo llevó a donde una familia conoció… después… una solitaria adicción, pero un buen hombre lo ayudó, y finalmente a la universidad llegó…

No, ese no es el final feliz de la historia, uno no es feliz hasta que tiene paz con la Fuente de la felicidad, así que sigamos… Él siguió estudiando, también trabajando. Ahora que era mayor, parecía que el temor se había alejado, el hambre ya no hacía sus estragos y la soledad, solo de cierta forma, se había marchado… ¡pero faltaba algo!

Y años después a una bella dama conoció, desde el primer instante algo en ella llamó su atención, así que a pesar de todo (larga historia del “todo”), conquistó su joven corazón. Ella tenía 20 y el 29, al fin alguien lo amaría y una familia de verdad tendrían… pero ella no era quien su corazón llenaría. Hubo gozo, y amor, risas y compasión, hubieron pequeñas bebés, pero el egoísmo siempre se infiltra, llegó el dinero, llegó el placer, y con ellos problemas que parecía que todo destruirían.

La bella dama fue presentada a Alguien, que parecía que podría ayudarle, Alguien que le prometía alivio eterno, pero de algún modo no estaba convencida. Ella le habló a él de Alguien, pero él creía que nunca lo necesitaría. El dinero crecía junto con los problemas, parecía no haber salida. La bella dama en cierto punto reconoció que Alguien era el Salvador, que su problema era su pecado y que por ella Él murió. Y cada noche oraba con sus niñas por el alma de su esposo…

Después, milagrosamente, por fin un bebé llegó, pero él tampoco era lo que su alma llenaría, lo que su alma repararía. También sus niños crecían junto con los problemas, y sus niños también en problemas se convertían. Y por eso a otro lugar se mudarían.

Ese hombre que pensó que al fin la vida le sonreía, se dio cuenta que el dinero no lo llenaría, pero ahora no tenía ni dinero, ni trabajo, parecía que todo iba mal, sus hijos en rebeldía continua, secreta, perversa vivían. Pero esto es lo que Alguien usaría para mostrarle que solo no podía y en Su soberanía el Salvador se presentó, no hubo que hacer mucho para convencerlo de que era un pecador, sabía que su pecado lo perdía, lo condenaba, y al final eternamente lo mataría; y entonces creyó… de rodillas estaba cuando aceptó la Salvador, y dio gracias por la sangre derramada para rescatarlo para siempre… Jesús con el Padre lo reconcilió, en nueva creación lo convirtió, su Fuente de gozo en Jesucristo halló, Su amor en él Dios derramó. Ahí su nueva vida comenzó, ahí un Padre por fin su mano tomó…

Ese hombre cambió, su bella dama cambió, su matrimonio cambió… Dios sentido y propósito a todo dio. No fue fácil el camino, pero el Señor siempre los guió, poco a poco sus hijos también llegaron al Señor. Y al fin fueron una familia…

Pero ahí tampoco acaba esta historia… escribo porque ese hombre todo por mí dio, porque cada día por mí oro, porque en sus ojos pude ver cómo me amaba, porque podía ver cuánto Lo amaba… Ese era el hombre que siempre de amar hablaba, que siempre a servir al Señor me animaba…

Y un día, él enfermó… después de dudas, de doctores, de estudios, cáncer resultó. “Seis meses” nos dijeron, “No lo podemos operar y la quimioterapia lo puede matar antes…” Pero él con una sonrisa sincera podía decir “Mi Señor está en control”. Escribo porque su enfermedad cambió mi vida, mi familia, me cambió a mí, y es una manera de darle las gracias a Dios y a él…

Lo vi cada día confiar, lo vi cada día a su Padre clamar, “mi Padre me ama” decía con lágrimas, decía que en el Cielo me iba a esperar. Y nunca en sus labios una queja escuché, de su enfermedad no se quejó, de cómo se sentía no se quejó, de nada nunca renegó, y al contrario, sus labios estaban llenos de gratitud, sonreía al ver a su familia, daba gracias a Dios por todo lo que tenía… Y esto no es fácil al ver el dolor que yo sabía que sentía. Él siempre estaba dispuesto a darnos esperanza, y a compartir su esperanza con todos a pesar del dolor de saber que pronto a quienes amaba dejaría.

Cada día que pasaba su cuerpo decaía, a veces en el hospital su consciencia regresaba y siempre regresaba con tanto amor y con una sonrisa. Cada día que pasaba por los que amaba él daba hasta lo ya no podía… Yo sus palabras nunca olvidaré, su amor y esfuerzo nunca olvidaré. Su paciencia y compasión a Jesús sabía que se parecían. Él siempre respondía con amor, siempre estaba dispuesto a escuchar, era lento para la ira, no se quejaba de nadie, él trataba de ayudarles, él veía más allá, él me enseñó como la bondad de alguien puede romper tu duro corazón y llevarte al arrepentimiento. Ese hombre mi corazón con ternura abrazó, me enseñó cómo se ve amar, cómo se ve confiar y descansar en las promesas del Señor.

Cada alma perdida de él recibía luz, él a cada persona le proclamaba al Salvador, les rogaba, les repetía, y hasta el último día, las últimas palabras que pudo emitir, fueron para compartir el evangelio a un pobre pecador… Y al final dejó de respirar… pero sus ojos abrió y sé que en los brazos de su Padre por fin se encontró, sin enfermedad, ni pecado, ni dolor, en la gloria que sobrepasa toda comparación… Ya todo está bien… él está bien…

Escribo porque ese hombre anduvo como Cristo y podemos imitarlo, porque estoy agradecida por él y con él, porque ese hombre no debe ser olvidado; escribo porque amo a ese hombre, y no es cualquier hombre, ese hombre es mi padre…

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