¿Por qué seguimos sufriendo?


Cuando mi papá estaba enfermo recuerdo que una de mis hermanas dijo, “no vale la pena madurar sufriendo así”. Y recuerdo que yo oraba por ella, por todos nosotros, que estuviéramos dispuestos a sufrir lo que fuera para la gloria del Señor, y que el fuera glorificado en nuestra familia.

Y… nunca pensé que el Señor iba a responder esas oraciones con tanto dolor… y nunca pensé que después de eso hubiera la posibilidad de más… Lo siento Johana, el Señor respondió mis oraciones, y tenía otro plan para ti (aunque quisiera que no fueras tú), y para todos.

El martes un peso de desesperanza cayó sobre mí, fue como si apenas estuviera recuperando el aliento y repentinamente alguien me golpeara dejándome sin aire otra vez… y por dos segundos quise quedarme así, sin respirar. Pero Dios… (amo esas dos palabras) me recordó el Salmo 112:7 “No temerá recibir malas noticias; su corazón está firme, confiado en el Señor”. El mismo versículo que leí un día después de saber de la enfermedad de mi papá.

Durante esos dos segundos sin respirar pregunté, “Señor, ¿por qué seguimos sufriendo?” Y frente a mis ojos pasaron todas las lágrimas, la angustia, las noches sin dormir, el dolor… pero un instante después pude recordar el amor y la fidelidad del Señor, Él nunca nos abandonó, nada nunca nos faltó, Su Palabra nos consoló, Su amor abundó y todas Sus promesas cumplió. Y pensé en lo que el había hecho en nosotros, nos probó en horno de aflicción, nos purificó para Él… recordé la respuesta a esa pregunta: ERA NECESARIO.

“En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas”
1 Pedro 1:6

Vivimos por un propósito muy alto; somos hijos de Dios. Y Dios mismo se encargará de completar la buena obra en nosotros, cumplirá Su propósito y no abandonará la obra de Sus manos (Filipenses 1:6, Salmos 138:8). La meta es Cristo, como hijos de Dios, debe ser nuestra meta, nuestro anhelo, porque es el de Dios. Y si tan solo pudiéramos entender el gozo de Jesús en la comunión con Su Padre, la paz, el descanso, la gloria, la llenura del alma, anhelaríamos con todo lo que somos ser como Él, y estaríamos dispuestos a ese fuego que purifica.

El Señor nos ama, y quiere darnos todo de Él (solo piensen en lo que eso significa, es tan imposible, te hace llorar de humillación y felicidad), y mi corazón sonríe al pensar que cada prueba y aflicción nos hace más como ese Jesús amado (Filipenses 3:10). Me gozo al pensar que la prueba “de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo” (1 Pedro 1:7).

Hay tanto en nosotros qué corregir, y Dios nos corrige como un Padre amoroso porque Él es bueno.

“Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?”
Hebreos 12:7

“Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia.”
Hebreos 12:11

Dios lo hace porque quiere darnos algo mejor, y nada de lo que el mundo ofrece, de lo que podamos lograr u obtener se compara con Él mismo.

 Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo” 
Filipenses 3:8

Que nuestros ojos estén ahí, en ese glorioso Cristo, en nuestro amoroso Salvador, del cual ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada” puede separarnos de Su amor. Quedémonos en ese amor, descansemos en ese amor, confiemos en ese amor. En medio del dolor y el sufrimiento, en medio de lo bueno y lo malo, ese amor no cambia. Pero entre más seamos como Cristo, más disfrutaremos de Él. 

Que el dolor nos lleve a Él, nos haga como Él, que Satanás no gane nada, sino que Dios sea glorificado y que nuestras almas se consuelen con la esperanza que ha de ser revelada. Es necesario, y quizás nunca entendamos para todo lo que es necesario; quizás seguiremos llorando, tal vez duela demasiado, pero Él seguirá con nosotros siendo “nuestra fortaleza cada mañana, también nuestra salvación en tiempo de angustia” (Isaías 33:2). Y valdrá la pena, y Él mismo enjugará las lágrimas de nuestros rostros (Isaías 25:8), nuestra alma estará saciada al contemplarlo (Salmo 17:15)… pero hoy andamos por fe y no por vista (2 Corintios 5:7), confiemos en el que sufrió todo por nosotros, y regocijémonos en el que a quien sin haber visto amamos, sostengámonos del Invisible (Hebreos 11:27) y Él nos sostendrá a nosotros. Que nuestra alma se aferre a Él, ni un segundo dudemos, cada día corramos a Sus brazos, a su Palabra, “acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.” (Hebreos 4:16)

Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón.”
Hebreos 12:1-3

 

 

 

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