Amiga, ¡vive!


1

 

Te vi ahí, tirada, débil, lastimada, apenas estirando tu mano para ver si alguien te daba un poco de lo que anhelabas, tu propio pecado y el de otros te había llevado a ese agujero sucio y solitario. Tu corazón se había roto mil veces y partes de él se habían ido con la corriente de tus lágrimas. Pero Él fue a ti y te dijo “¡Vive!” Te mostró a uno que fue “despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos.” Te mostró el amor del que “fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados”, tú fuiste sanada, porque se ofreció a sí mismo como ofrenda de expiación, justificándote, cargado tus iniquidades, llevando tu pecado, derramando su alma hasta la muerte (Isaías 53).

Tú lo viste, Él extendió Su mano y tú le diste la tuya y te levantó, te lavó, te perdonó, el saco tu alma del abismo de la nada, porque echó tras Sus espaldas todos tus pecados (Isaías 38:17). Yo te vi con gran gozo abrazarle, querer conocerle, querer vivir una vida para Él.

Pero ahora te veo caer, tus pies cansados no quieren andar, las tristezas de la vida te han hecho cerrar los ojos y aun al Cielo no quieres mirar con fe. Soltaste la mano del que te sostenía e intentaste en tus fuerzas volar sin alas; caíste al suelo decepcionada, dañada, sin fuerzas. ¿Acaso olvidaste lo que creías? ¿Acaso cambió el que te sostenía? No, Él no cambió, es el mismo por los siglos, el mismo que con el poder de Su boca el Universo creó, el mismo que el nombre de cada estrella conoce, y sigue teniendo el mismo poder que cuando dio un hijo a Isaac en su vejez que cuando envío plagas inimaginables a Egipto, cuando abrió el mar, el mismo que derrotó cuando resucitó a Jesús de entre los muertos. Es el mismo que nos ha tratado con compasión y misericordia desde el principio, el que ha sido paciente para que no perezcamos, el que sana nuestras heridas, el que nos consuela, el que nos ama y se dio por nosotros. Su amor no cambia, Su poder no cambia, Su sabiduría no cambia. Es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, es el Dios de los profetas, de Pablo, de Pedro de Juan, y lo mismo que hizo en su tiempo puede hacer hoy.

La vida cambia, el mundo pasa y sus placeres también, nosotros cambiamos, decaemos con el tiempo, la gente cambia. Corrie Ten Boom dijo “Si ves al mundo estarás afligida; si te ves a ti misma, estarás deprimida; pero si ves a Cristo sentirás paz.” ¿Qué estás viendo? ¿Está tu mira puesta en las cosas de arriba, están tus ojos puestos en Jesús? Solo crees en el mundo que se cae porque eso es lo que ves, solo crees que te deshaces porque eso sientes, pero hay una realidad más allá de lo que ves, hay un Dios que no cambia pese a las circunstancias, pero tienes que andar por fe y no por vista. Te ruego que le hables la verdad a tu corazón, que te ignores y le creas, que te esfuerces por conocer al Señor. Su salida es tan cierta como la aurora, y El vendrá a ti como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra (Oseas 6:3).

La vida abundante empezó cuando confiaste en Jesús, no esperes al Cielo para gozar de Su plenitud. El Señor te llama “vuélvete a mí, porque Yo te he redimido”. Si estás cansada y cargada ve a Él y Él te hará descansar (Mateo 11:28), echa TODA tu ansiedad sobre Él porque Él tiene cuidado de ti (1 Pedro 5:7), y “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios.  Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad.” (Filipenses 4:6-8). Hazlo cada día, muchas veces al día, Su gracia es suficiente, y aunque tú seas débil y no puedas, Él se hace fuerte en tu debilidad. No temas, solamente cree, un día a la vez.

“Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado. Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad, en cuanto se dice:

Si ois hoy su voz,
no endurezcais vuestros corazones, como en la provocacion.

 Porque ¿quiénes, habiendo oído, le provocaron? ¿Acaso no fueron todos los que salieron de Egipto guiados por Moisés? ¿Y con quiénes se disgustó por cuarenta años? ¿No fue con aquellos que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que fueron desobedientes? Vemos, pues, que no pudieron entrar a causa de su incredulidad.” (Hebreos 3:12-19).

Escoge la vida, escoge creer, escoge ver a Cristo.

Advertisements